Crónicas callejeras: Bien buenota

Siempre es lo mismo. El mismo sol, las mismas nubes; es la misma casa, la misma escuela; son los mismos profesores y los mismos compañeros Son los mismos árboles, los mismos edificios, el mismo camino y la misma señora pidiendo limosna.

Pero siempre hay algo diferente.

Esta vez la señora estaba con su hijo, un pequeño de tal vez 5 años, pidiendo dinero al ritmo del acordeón de, creo yo, su pareja. Morenos los tres. No es relevante, pero me ayuda a la imaginación. Sus ropas no estaban gastadas, pero sus rostros reflejaban una vida cansada.

Esos detalles los pude ver sólo después de que sucedió. Vi al niño correr hacia la puerta abierta de una patrulla de Fuerza Civil. No sabía si mirar a los policías, ver a los padres, observar a mi alrededor, o enfocarme en la criatura.

En un instante el copiloto había puesto, en la mano del pequeño, una moneda o quizá un billete (pues eso es algo que no me consta y sólo puedo deducir). El niño brincó de vuelta al regazo de su madre, mientras yo intentaba descifrar la expresión del Civil, pero sin gesto alguno, cerró la puerta y su compañero hizo el carro desaparecer.

Giré mi cabeza hacia atrás, sólo para ver cómo la madre sonreía y el padre continuaba haciendo su música, mecánico, automático, como si nada hubiera pasado.

Quizá no sucedió. Tal vez lo imaginé para poner una sonrisa en mi corazón.

Son los mismos pasos, el mismo aire, aunque algunas veces más contaminado. Las mismas montañas, el mismo recorrido de vuelta a casa.

Es la misma ruta lleno de todos los que ansiamos volver a casa a las 7 de la noche. Esta vez me sentí cercana a la muerte, cuando las puertas del camión se mantenían abiertas, aún con éste en movimiento y con medio cuerpo mío por fuera.

Sentí un aroma a sudor, después vi un pequeño de 12 años acercarse cauteloso al chofer. Cuando por fin consiguió su atención, al postrarse en su frente, sonrió satisfactoriamente.

“¿Y tú a qué hora te subiste?”, lo cuestionó el chofer.

“En la Avenida”, sonrió aún más “cuando se subió toda la bola, me subí por atrás. Y no te diste cuenta”.

El chofer meneó la cabeza, y el niño lo tomó como símbolo de orgullo y aprobación.

Continuaron, pero la interpretación de un hombre, intentando imitar el ladrido de un perro (a veces la gente es algo extraña), no me dejó escuchar el resto de la conversación.

Es el mismo punto, la misma gente. Los mismos anuncios y las mismas tiendas. Cuando algo cambia, te mueve todo el mundo de lugar.

Pero el elotero siempre es el mismo, en la misma esquina con el humo del elote corriendo en la misma dirección. Y yo continúo cruzando por en medio.

Esta vez escuché su voz.

“Oye Tony”, le dijo a un universitario bien vestido y bien peinado, mientras daba su primer bocado a unos tostitos preparados.

“Entonces, ¿a ti quién se te hizo más buenota? La Angélica de allá, o la…?”

Mi risa interna no me dejó escuchar el otro nombre. Continué caminando mientras pensaba si Don Elotero me miraba el trasero, o no era yo lo suficientemente buenota para ser observada.

Siempre es lo mismo. Pero siempre hay algo diferente.

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