Dando el grito… de placer: Sexualidad en tiempos de libertad nacional y moral | Por: Eleonor R.

Sexo, sexo, sexo, llega un punto de tu vida en el cual esa palabra se convierte en un pensamiento constante y en afortunadas ocasiones en constante acción. La primera vez que vi un pene tenía cinco años y lo confundí con un dedo, momentos después se me fue explicado su propósito e instantáneamente quise tener un dedo extra entre mis piernas.  ¡Ya no tendría que sentarme a hacer pipí! En su momento parecía una muy buena opción y lamenté tener entre mis piernas solamente una especie de montecito pelón que no servía para nada. Conforme pasaron los años, el montecito se pobló de arbustos oscuros y  termino siendo acompañado por dos montañas que crecieron un poco más arriba, las hormonas poblaron aquella tierra hasta entonces inhóspita y empezó en mí una feria sin fin de sensaciones que tarde años en definir.

Empezando la escuela secundaria fue donde todo empezó a tener sentido, gracias a la ayuda de mis compañeras de clase, las cuales al parecer ya tenía tiempo que sus montencitos estaban más que descubiertos y colonizados. Aprendí que servía para que y que cosas como que el "69" era algo más que un número impar, que "rusa" no solo era una nacionalidad, que sexo oral no significaba que te dijeran cosas sucias al odio, y así un montón de términos y  posiciones, que harían ruborizarse a muchos hombres mayores, los escuche de las pequeñas y sonrientes bocas de jovencitas de 15 años. “¿Y todo eso desde cuando lo haces?”, pregunté alguna vez. -Pues yo desde los 14, aunque mi hermana mayor desde los  12-. Para una niña con una vida modesta como lo yo era hasta ese entonces aquellas respuestas me dejaban impactada, a mis doce años seguía sin siquiera haber besado a nadie y la hermana de esta chica ya andaba haciendo semejantes hazañas. Toda esta información que recibía era contrarrestada con las clásicas reglas de moralidad ejercidas por las madres preocupadas por sus hijas, que tu cuerpo debe mantenerse puro, que el sexo es algo que está prohibido hasta casarse y cosas por el estilo. "Entonces las personas no deberían sentir ganas de tenerlo a menos que se casaran”, razonaba yo.

Viví mi adolescencia de manera normal hasta los 16 años, creyendo todavía en los principios que me habían inculcado en casa y tachando a mi compañeritas de clase de lo más pecaminoso del mundo, ocurrió que una tarde debí quedarme a decorar el salón de clases para las fiestas patrias junto con algunos compañeros de clase, entre ellos un chico del salón vecino al cual casi no le hablaba, pero me parecía bastante guapo y que al parecer yo le parecí propicia compañera para escaparse de los deberes  decorativos y  besarse  en las escaleras  de un  cine abandonado. Aquella tarde del 14 de septiembre algo despertó,  y desde ese día el sexo se dejo de ser algo pecaminoso, ¿cómo algo que se sentía tan bien como el que un chico pusiera sus manos en tu cintura y te besara podía ser malo?; ¿era yo ahora tan corrupta como mis amigas?; ¿me había convertido en una cualquiera por haberme dejado tocar por un hombre que no era mi marido? Dudas y más dudas, decidí dejarlo por la paz, pero las mañanas de firmes a lado del chico del cine y las calurosas noches de verano no me dejaban despejar mi mente. Sabía que ya nada iba ser igual, que había algo dentro de mi queriendo salir y fue entonces que preferí soltarlo, comencé a descubrir que seguía más allá de un beso, lo averigüé, y la segunda vez vi un dedo de hombre me volví a sorprender de la misma manera que 12 años atrás me había pasado, pero esta vez más que un dedo me recordaba al pie de un elefante.

De ser oyente me convertí en participe de las pláticas de mis amigas, que para aquella edad muchas  eran toda una eminencia en cuestiones de autocomplacerse  y no paraban de darme consejos, creía que lo que hacía no podía estar mal si todos lo hacían y  si lo hacían sin tantos remordimientos, que era algo que pasaban en la televisión como el pan de cada día, algo que le daba sentido a las cosas, algo divertido y sin consecuencias… Pero claro que tiene consecuencias. Tiene consecuencias desde el momento que empecé a ver como lo chicos se referían a algunas de mis compañeras, a como ellas se quejaban de nunca haber tenido un orgasmo que no fuera provocado por ellas mismas, verlas tomar un montón de medicamentos para asegurarse de que sus deslices no las forzaran a traer al mundo  hijos de desconocidos,  y sobretodo descubrí el engaño en el que había vivido al llegar mi momento de experimentar por primera vez el coito. El sexo puede llegar a ser sobrevalorado y en realidad no es más que una necesidad humana, pero es quizá la búsqueda del amor y la necesidad de llenar vacíos lo que hace que la gente lo ponga en el altar que está,  eso y la cantidad extrema de pornografía que existe. El sexo puede ser incomodo, extraño, fuera de lugar y hasta perturbador las primeras veces y puede ser increíble, pasional, salvaje, suave y sanador, pero todo depende indiscutiblemente de si se hace o no con la persona correcta, más allá de que haya o no un sentimiento afectivo como el amor.

Hoy comprendo porque mi madre me decía que lo hiciera hasta que me casara, no era porque fuera algo malo o porque fuera una cuestión religiosa, si no que era que esperara a encontrar a la persona correcta para hacerlo y así saltarme toda esa sarta de situaciones que inspiran a los escritores de películas como American Pie o La primera noche.  Tener sexo por tener sexo puede llegar a ser un volado especialmente si eres una chica, puede ser bueno o puede ser malo, puede ser  muy rápido o incluso muy tardado, en esas cuestiones... calidad, antes que cantidad. Deberíamos de dejar de pensar tanto en tener sexo, que se quiera creer o no es lo que tiene a los jóvenes de ahora perdidos,  y más en qué hacer con nuestras vidas, dedicamos mucho tiempo imaginando situaciones eróticas en lugar de planear como lograr  nuestros ideales, que al final de cuentas el sexo es solo una necesidad reproductiva fácil de controlar, como comer, y pues la verdad prefiero esperarme los 30 minutos en lo que llega una deliciosa pizza de tres quesos, a volver a apresurarme y comerme 2 latas de atún seco.


Por: Eleonor R.

   

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