Entre memorias, reflexiones y animales | Por: Arantxa Soto

La primera vez que decidí irme a vivir al bosque tenía cinco años. Iba saliendo de mi casa una mañana rumbo a la escuela, de repente -mi menuda personita- sintió una necesidad desesperada de escapar de ese lugar, y en cuanto mi padre se distrajo empecé a caminar rumbo al montonal de arbustos y tierra más cercanos que pude localizar, un bosque suponía yo. Caminé y caminé alrededor de unos quince minutos, hasta que perdí de vista mi casa y solo se podían visualizar arbolitos, piedras y un una cantidad de sonidos naturales que colmaban mis pequeños oídos. Escuché entre tanta paz, la voz de mi padre que me pedía asustado volver a su lado. En mi corazón sentí el deber de ir a él y la necesidad de no volver atrás. Finalmente decidí regresar.

Fondos de pantalla con bellos rincones de la naturaleza (24)

Solo cuatro años después volvió a rondar en mi mente la idea naciente de una vida entre los animales y la naturaleza. Tomaría un autobús rumbo a Michoacán y esperaría la emigración de las Monarcas, lo contemplaría todo maravillada, viviría entre ellas, pegada a los arboles durmiendo sobre hojas secas y comiendo frutos salvajes. Viviría una vida tranquila y serena, sin tener que lavarme los dientes, ni acostarme temprano, sin sentir la presión de mis compañeros de clase, sin todas esas personas que alguna vez me dijeron tantas cosas que solo conseguían hacerme sentir cada vez más como si fuera un bicho raro, solo sería yo siendo una niña salvaje, una Mowgli del siglo XXI, y los animales.

Desafortunadamente, descubrí días después que con cien pesos puedes comprarte una muñeca, muchos dulces o una pizza pero no puedes costearte un sueño. Decidí posponer mi cruzada un poco más hasta reunir los fondos necesarios, pero lo que era un retraso de días, se volvieron meses y con el tiempo, la desidia y mis descubrimientos personales dignos de la adolescencia  se trasformaron en años, años que enterraron toda idea de irme a vivir entre los animales.

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Ahora que he empezado a entrar en una etapa de mi vida en la que la melancolía parece ser una presencia permanente en el pensamiento, recuerdo aquella mañana de mis cinco años y recuerdo mis días añorando un viaje leyendo mi libro sobre mariposas monarcas, mi amor por los animales y mi admiración por la madre naturaleza. Es ahí cuando empiezo a reflexionar que durante toda mi vida me he sentido fuera de lugar, despertaba con la sensación que no debía levantarme a esa hora, ni en ese lugar; que no debía ir a la escuela; me preguntaba por qué la gente se reía de mí, de los demás, porque decían que hablaba extraño; por qué la gente se dejaba de querer; por qué la gente empezaba guerras; por qué convivir con los demás era un guerra sin tregua y un sinfín de situaciones en las cuales me encontraba a mí misma siendo juzgada por desconocidos, y seres queridos que en un afán de querer ubicar en la tierra a una muchachita tan distraída solo conseguía hacerla sentir más diferente a los demás.

Esa sensación de incomprensión y una sentido de soledad fueron el motor de mi necesidad de querer convertirme en una salvaje, que prefería vivir descalza bailando entre la maleza, siguiendo sus instintos, hablando lenguas desconocidas tratando de hacerse entender con criaturas tan diferentes a ella, criaturas que no herían si no era necesario, criaturas de pureza inimaginable y de sabiduría mística  criaturas que creía ella le entenderían. En aquel momento yo quería gritar, correr, gemir, aullar, trepar, mojarme, volar, nadar, sentir la lluvia; quería la libertad queda el vivir acorde la leyes primarias de este planeta, las que le daban el equilibrio en años en que los seres humanos aún no habían decidido romper aquel delicado estado de estabilidad.

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Muchos años ya pasaron y probablemente ahora tengo más del triple de razones para querer volver a escaparme a los matorrales, que por cierto, fueron reemplazados por casas. Sobrantes también los motivos para querer emigrar con las Monarcas a los bosques michoacanos, pero también sobrantes las balas que arrasan con el pueblo y el mundo secreto de aquellas tierras. Soy consciente que realmente no le tengo miedo a lo salvaje y de lo que puede llegar a ser el mundo animal, porque sé lo salvaje y brutal que puede llegar a ser el mundo donde vivo. Sin motivos, sin respeto arrasamos uno con el otro, descuidando lo que nuestros hermanos más salvajes nunca olvidaron, perdimos nuestra inocencia, y empezamos a volvernos cada vez más seres  humanos y cada vez menos seres vivos. En esta tierra de matar o morir, nos olvidamos de convivir, de seguir siendo libres.

A veces, aún cuando camino por mi escuela y contemplo las montañas verdes y los senderos boscosos que la rodean, me dan ganas de adentrarme a ellos, de tener el valor de mi infancia y seguir caminando hasta perderme entre tanto verde, entre tanta magia, entre tantas memorias que nunca se hicieron verdaderas, escuchando las canciones que se han cantado por siglos y que solo escuchan las criaturas de un mundo que creemos tan ajeno al nuestro, quizá me puedo quedar ahí un rato… De todos modos esta vez no escucho el grito de mi padre buscándome.

 

Por: Arantxa Soto

   

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