La vida es una viga de equilibrio | Por: Dalia Gutiérrez

Si alguna vez practicaste gimnasia, y más aún si fuiste a competencias, probablemente conocerás el sentimiento que estoy experimentando al comparar la vida con una viga de equilibrio.

Practiqué gimnasia muchos años; desde pequeña hasta adolescente. También soy una persona que, aunque sé que está mal, le teme al fracaso, le teme al error.

Ahí vienen esos minutos que pasas en la viga mientras ejecutas tu rutina. Bien sabes que tienes al público observándote, quienes están a la espera de qué te pueda suceder; si haces algo mal y te caes, pueden sorprenderse, compadecerse, pueden celebrar, o simplemente les es indiferente.  De la misma manera, si te va bien, pueden festejarlo y emocionarse por ti, por ejemplo tu familia. Aunque también puede ocurrir todo lo contrario. Hay todo tipo de público.  Están tus compañeros y amigos de equipo, que aunque sean un equipo pueden también experimentar todo tipo de sentimientos. También existen los jueces, esos jueces que están ahí sólo para, pues, para juzgarte, a la espera de cada movimiento que haces, cada mínimo error que cometes, observándote y calificándote sin importarles tus sentimientos.

Cuando estás haciendo tu rutina, todos te observan y tú haces lo que sabes hacer. Sabes que en algún momento en los entrenamientos pudiste hacer bien lo que estás por realizar; pero allí arriba es otro caso. Todo puede pasar.

Empiezas bien, aunque tambaleas un poco por los nervios, pero vas bien, recibiendo aplausos por cada maravilloso ejercicio que demuestras que puedes hacer. De repente tu cuerpo te traiciona, haces algo mal, te tambaleas de más y por más que intentas equilibrarte, te caes de la viga aterrizando en esas conocidas colchonetas.

Como buen gimnasta sabes que una vez que te caes lo mejor que puedes  hacer es saludar, subir y continuar, tratando de olvidar lo que ya pasó para que no invada tu mente. Hay que hacer lo mejor que se pueda el resto de la rutina. Ah, y sin dejar de sonreír.

Se dice que un niño no mide el peligro y creo que eso es verdad.  Cuando empiezas en gimnasia de niña, no te da miedo la viga. La ves grande y haces lo que te dicen que hagas sin temerle. Y ese es el secreto, no le tienes miedo a lo que tienes frente a ti, no ves el miedo de caerte o hacerlo mal.

Pero cuando creces, comienzas a ver a tu alrededor y a notar lo que te puede pasar si pisas mal o si te caes; empiezas a analizar el peligro de caminar en una viga tan angosta, y ese miedo de crecer y te impide ser libre y hacer lo que puedes hacer.  A veces te enfrentas a un nuevo ejercicio de una nueva rutina y ya no piensas en lograrlo, sino que el miedo te hace pensar fijamente “no puedo”.

A veces la clave es no ver el público, no pensar en la altura que te separa del suelo, sólo confiar en que puedes hacerlo; aunque la base sobre la que avances sea tan angosta. Aun así, hay que recordar que hay quienes se caen de la viga y obtienen mayor gratificación que otros que ni se tambalean; y que a pesar de eso, si te caes, siempre puedes saludar y volver a subirte a la viga de equilibrio.

 

Por: Dalia Gutiérrez

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