HISTORIAS: Pues estuvo chido | Por: Kínari Macias

La primera expresión que hacen las personas cuando se enteran que tuviste cáncer es arrugar sus rostros; sus pupilas se dilatan, sus ojos se abren, el cuello se estira hacia delante, los hombros caen y se puede escuchar en muchas ocasiones un suspiro que consigo trae después un silencio de muerte, aquél que también aparece cuando nos enteramos que alguien falleció. Estas mismas expresiones las he visto durante 7 años y siguen siendo las mismas. Tocar el tema ya hasta me causa gracia, aunque para mucha gente no es así, no les pido que lo comprendan, porque sé que les pido entrar en mi falsedad, en mi existencia en la que no son bienvenidos y no toquen ni sientan lo que yo alguna vez tuve que sentir.

Todo es fácil para una niña de 12 años, una que pasó 3 meses sin poder respirar por la nariz dado a que tenía sinusitis y en todo momento estaba “mormada”, hasta que un día todo cambio. Mi cita con mi otorrinolaringologo se adelantó, pues me desmayé y lo último que recuerdo fue haber vomitado sangre durante tres ocasiones, en mi cabeza sólo pensaba: damn, todos se darán cuenta que me comí unos takis fuego ayer en la noche". Después de ser operada y al fin respirar, pero con una maquina pegada a mi nariz, mi familia se reunió junto con 6 doctores enfrente de mi cama y lo único que pensaba era que ya me darían de alta y sería libre, pero no, todos se juntaron como si yo fuera una mesa redonda en la cual la vida estaba a punto de sentarse a comer, yo solo esperaba a que ese momento terminara, y llegó el momento en el que uno de ellos pudo hablar en voz alta:

 –"Tienes una bola de 10 centímetros de diámetro en tu garganta, se te dará medicina, vendrás cada dos semanas, estarás internada y así será así por 6 meses, y listo”. Palabras exactas de mi oncólogo.

Lo único que pasó por mi boca fue: ok, así, casi tan frío como el clima de mi habitación, después pronunció palabras desesperadas que aún recuerdo:

 - “Con esa medicina se te caerá el cabello”. Cinco segundos de silencio y mi única reacción fue gritar y solar el llanto hasta donde mi cuerpo pudiera y preguntar, “¿por qué?”.

Me calmaron y lo tuve que aceptar, ya que pues... yo pensaba; es solo una bolita, ¿no?. Me volvieron a operar y me introdujeron un catéter dentro de la piel dejándome una cicatriz, y para quienes no sepan, era como tener un mini-volcán en mi pecho del lado derecho, obvio que se sentía  muy extraño e inclusive se podía mover, era por ahí que me inyectaban y pasaba mi quimioterapia y transfusiones de sangre.

Esa definitivamente no sería la primera vez que escuché “quimioterapia”, fue demasiado extraño, ¿cómo entendería todo lo que eso era?. Mi quimioterapia además era muy extraña, estaban esos botes de suero con color amarillo fluorescente , yo la verdad pensaba que en vez de darme medicina me daban líquido de marca textos. El suero estaba totalmente forrado de negro, y el pequeño tubo conectado a mi catéter igual, no le podía dar la luz porque “se echaría a perder”, pero no dolía, no ardía, no nada, ya que todo estaba puesto desde que me operaron nunca me imaginaba lo que me tocaría después.

Con mi hospitalización vino ese lado al que todo niño le gustaría tener, estaba llena de regalos, chiflazones, globos en todos mi cuarto, comía como si viviera en un restaurante, pedía lo que quisiera y lo mejor de todo, es que era ¡gratis!, pero que afortunada era yo, por tener esta bolita en mi garganta. Me dan de alta el 24 de diciembre, la navidad más hermosa llena de regalos para mí, ver a toda mi familia junta conmigo y animándome, ¿qué de malo tendría todo esto? Así, todo siguió con normalidad para mí, siempre hacía lo que quería, me daban lo que yo quería, ya podía respirar por la nariz y disfrutaba más el sabor de la comida, era toda una niña consentida.

Me cuidaban demasiado y a veces no entendía por qué, lo ignoraba y trataba de no cuestionarlo. Se acabaron mis dos semana de vacaciones y tuve que volver al hospital para recibir mi “tratamiento” y bienvenida la tortura. Indispuesta, llevaba mis almohadas y mi oso de peluche “Teddy”, el cual aún tengo, para hacerme compañía durante mi estadía en el hospital. Las agujas para mi catéter eran “especiales”, Dios mío, ¿por qué todo en esto tenía que será especial? Mis agujas medían de 19-20 centímetros y eran tan chiquitas como una uña, pero gruesas como un lápiz de madera, que cada vez que tocaba inyectármela, siempre terminaba gritaba del dolor que nunca antes en mi vida he sentido, mi alma se retorcía, me ardía como si estuviera tocando un el fuego vivo de un incendio y no podía moverme, porque si lo hacía tendrían que volverlo a hacer desde el principio. Mis gritos se escuchaban por todo el hospital, hasta llegar a sala de espera, llegaban doctores asustados y la enfermera a cargo solo respondía “es la paciente... es por la aguja del catéter”. Recuerdo que yo solo veía la cara de mi mama: “aguanta, lo necesitas” y no quería dejar de llorar. Después, empezaron los estudios, los traslados a salas de radiografías en sillas de ruedas (como si no pudieras caminar), baños con enfermeras (porque así eran las reglas), traslados en ambulancias (porque es que eres “especial”), visitas con tapabocas, y un sin fin de cosas más, yo solo sabía que algún día me iba a curar.

Me decían que era como una tos y como una tos la tomé, estás enferma, te dan medicina, y listo se acaba. Después llegó el peor día de mi vida, cada mes me hacían una introlumbar, recibía quimios y eran exámenes necesarios para saber si todo en mi cuerpo estaba en supuesto orden. Un día desperté sin conciencia alguna, me sentía muy extraña, miré mi cuerpo y estaba conectada a demasiadas maquinas, enfrente de mí sólo había un gran reloj, y estaba tan asustada que no sabía qué hacer, en ese instante llegó una enfermera y gritó mi nombre con mucho entusiasmo:

  • ¡Kinari! Ya te despertaste, al fin.

Desperté en cuidados intensivos en un hospital diferente, resultó ser que durante la cirugía convulsioné y estuve inconsciente por tres días completos. Pero lo único que entendía era que estaba enferma y que pronto me iba a curar. "No importa lo que pase" pensé, mi familia me seguía consintiendo y yo estaba más que feliz.

Un día todo dio un giro inesperado, yo estaba en mi cama y después del cuarto mes de tratamiento se estaba cayendo mi cabello, lo tocaba y se quebraba, se caía en mi mano como si fueran plumas para regalo. Miré a mi madre y le dije:

  • Oye mami, ¿sabes algo?, ¿se me va a caer el pelo como a los niños y personas que tienen cáncer?,  jajaja.

Mi mama se levantó se acercó a la cama con una sonrisa, y mientras tocaba mi frente dijo:

  • Es que, eso tienes mami, tienes cáncer.

¿Cómo esperan que me tome eso?
¿Que salte?
¿Qué brinque?
¿Por qué me lo dicen hasta ahorita?
¿Lo tuve que adivinar yo?

Después te resignas, lo tienes y se acabó, y como dije antes, es como una tos, te dan una medicina, se te quita y ya. Seis meses en tratamiento para que en el quinto me dijeran que se había ido, pude saber que fui la primera persona en el estado de Nuevo León a la que le dieron una quimioterapia así, según mi oncólogo ya van en esta fecha otro 2 más, dos niños que se que se van a curar de esa "tos".

Ver a niños con cáncer y pensar instantáneamente: “pobrecitos” no les va ayudar en nada, aguantar miradas de personas viéndote por estar calva y usar un gorro es algo que nunca me ayudó, y yo tuve suerte y eso lo sé, pero mi mentalidad siempre fue la de que me iba a curar, y eso fue lo que pasó.

Yo no pido la compresión de nadie por esta manera muy personal de pensar sobre el cáncer, porque después de todo siempre pensé “bueno, estuve a punto de morir”. Creo que muy pocos tienen idea del dolor físico, mental y emocional que tuve que soportar, lo que me hizo llegar a ser como soy ahora, niños de 5 a 12 años con esta enfermedad siendo felices por estar siendo consentidos por su familias, yo nisiquiera pensaba en el fin, ¿como quieren que un niño piense en la muerte?.

Sobreviví, aquí estoy, con una cicatriz en mi lado derecho del pecho que no me hace olvidar quien soy y de lo que soy capaz, de que mi cáncer fue lo mejor que me pudo haber pasado porque por mucho tiempo también gracias a él fui feliz. Me he topado con una gran cantidad de personas que denigran la forma en la que pienso, pero, ¿por qué hacer a alguien menos por una enfermedad o incluso sentir lastima? Aprendes a ver todo lo que tienes y a mis 19 años veo que realmente estaba muy difícil la situación, pero que fácil lo supe sobrellevar.

Y entonces cuando alguien pregunta... ¿en serio. tuviste cáncer?, ¿cómo fue?... Desde el fondo de mi corazón después de un silencio ocasionado por tu impresión te diré: “pues estuvo chido.”


Por: Kínari Macias




   

2 comments

  1. Carolina Ramírez 4 February, 2016 at 14:56 Reply

    Muchas gracias por compartirnos tu experiencia. Promotores Universitarios de Derechos Humanos capítulo UANL, Federación universitaria la cual me honro en presidir ha compartido tu artículo. Esperamos que este pequeño tributo sea de tu agrado.

Leave a Reply