Recordar u olvidar | Por: Dalia Gutiérrez

 

¿No les parece curioso cómo olvidamos datos importantes a la hora del examen, pero los años pasan y seguimos recordando aquello que desearíamos olvidar?

Cuando estaba en la primaria recibía comentario tras comentario, juzgándome por ser aplicada en la escuela. Cuando eres niño los adultos te exigen ser aplicado y los niños te castigan por serlo. Difícil para una mente de diez años, ¿no?

Recuerdo uno de mis apodos era “Jimmy Neutron”. Aquél niño genio y cabezón de esa caricatura que supongo la gran mayoría de nosotros recuerda haber visto. Hoy pienso en tantos factores por los cuales pudieran haber elegido llamarme por ese apodo, y estoy casi segura que si la persona que me bautizó con ese nombre leyera mis palabras, no recordaría que es el dueño y autor. ¿Por qué yo no lo puedo olvidar? Vaya,  un dibujo mal hecho de Jimmy, con dientes negros y más atributos – que agradezco bloqueé de mi memoria- con el ánimo de ofender, no es el mejor recuerdo de la infancia. Y a pesar de ello, la escena está completamente clara en mi memoria, incluyendo las risas de mis compañeros.

Cuando estaba en la secundaria, una maestra cuyo recuerdo aún me causa malestar emocional, aprovechó el momento de la clase para posicionarse en el frente, pedir el silencio y la atención de toda la clase, mirarme de frente, mencionar mi nombre y asegurarme que jamás en la vida conseguiría ser perfecta. No sé qué me hizo sentir peor, si la humillación, o el significado que tenían esas palabras. Ese momento está nítido en mis recuerdos y en mis sensaciones.

Aunque por otro lado, esos dos recuerdos anteriores tienen algo en común. Reaccioné de manera positiva. Cuando me entregaron el dibujo de Jimmy Neutron y lo sujeté en mis manos, vi que decía “Dalia” en la parte superior. “¿Sabes qué?”, le dije a mi compañero “está mal, te faltó ponerle algunas cosas”. Tomé un lápiz e hice unas modificaciones al dibujo. Después se lo regresé con una sonrisa en mi rostro, aunque por dentro sentía el llanto.

Respecto a mi maestra de la secundaria, ese día llegué  a casa con furia. Me senté al piano y no paré de tocar por más de veinte minutos seguidos, intentando sacar toda la energía acumulada.

Todos tenemos recuerdos de “no te puedes juntar con nosotros”, “qué fea ropa”, “qué feo cabello”; caras y gestos de desagrado, comentarios negativos sobre apariencia física y forma de ser; humillaciones de todo tipo.

¿Por qué lo recordamos?

De alguna manera hoy me dan risa esos recuerdos. Es una mezcla de risa y menear la cabeza pensando cómo fue que me la creí. Aunque tal vez el dibujo de Jimmy Neutron tenía algo de razón, mi compañero buscaba ofenderme, pero inconscientemente estaba admitiendo mi inteligencia. Cómo fue que no lo vi de esa manera.

Mi maestra tenía razón al decirme que nunca sería perfecta, que no existía la perfección; sin embargo,  me estaba regalando un consejo valioso: sigue intentando, sigue mejorando y jamás desistas. No se trata del fin, sino del camino. Cómo no me di cuenta.

Entonces, ¿por qué seguimos torturándonos con malos recuerdos?

Esas vivencias, esos recuerdos, esas memorias, nos hacen ser quienes somos. Ya depende de nosotros la perspectiva que queramos darles.

A pesar de ello, es difícil vivirlo de nuevo. Insisto, ¿por qué sigo recordando?

Y es que ese es el detalle, tal vez lo mejor no sea olvidar; sino comprender, entender y aceptar que pasó. Pero que justamente es eso, algo que ya pasó y que nos da fuerza para seguir. Pues al final de cuentas, son recuerdos; tan sólo eso y nada más.

 

Por: Dalia Gutiérrez

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