Tengo que ser delgada | Por: Dalia Gutiérrez

Hoy por la tarde que fui a mi consulta médica de rutina, me topé con algo que me sacó un poco de lo rutinario: era un enfermero el que estaba en turno. Un hombre como de 35 años, alto (al menos para mí), cabello negro y una sonrisa extrovertida. Desde ese momento la situación me pareció divertida, como si anticipase que algo interesante estaba por venir.

Le proporcioné mis datos y me senté para que revisara mis signos vitales. Tomo mi presión arterial y mientras retiraba el baumanómetro de mi brazo me dijo remarcando su sonrisa:

“Ahorita le voy a decir algo que al 90 por ciento les asusta, pero a usted no le va a asustar”.

Al escucharlo no imaginé a qué se refería  pero segundos después, mientras colocaba sus dedos en mi muñeca, advertí lo que sería. Terminó de anotar mis datos en el registro y fue entonces cuando salió de su boca aquellas palabra que para muchas mujeres resulta ser una sentencia de muerte.

Báscula”.

Reí, porque había acertado, pero también porque a pesar de tener un peso excelente para los doctores y porque contrario a lo que el enfermero había afirmado unos instantes antes, para mí sigue siendo una tortura. No hice comentario alguno. Me levanté de la silla y me subí al tan temido aparato; marcó 51kg.

“Muy bien, usted no tiene de qué preocuparse”.

Me dejó pensando. ¿De qué me preocupo?

Veces anteriores siempre me tocó que me atendiera una enfermera. Puedo contar con los dedos de mi mano las veces que me pidieron para pasar a la báscula (y me sobran dedos). “¿Cuánto pesas?”, acostumbran preguntarte. Siempre pensé que se trataba de flojera, pero ya no estoy tan segura. ¿Será que entienden lo difícil que suele ser para una mujer ver correr la viga hacia la derecha? Prefieren ahorrar ese dolor y dar la libertar de mentir sobre sus medidas para no atormentar su mente y corazón.

Mi curiosidad venció mi resistencia y le pegunté:

“¿A los hombres no les preocupa?”

No, a nosotros como que entre más panza, más hombres; entre más feos, también”.  Me contestó dando con la mano un tamborazo en su barriga y con una sonrisa de satisfacción.

¿Será?, pensé, ¿o es sólo apariencia? De nuevo, me callé.

Presiones sociales, ¿verdad?”. Me levanté y me di media vuelta sin dar oportunidad a mis ojos de ver su reacción, no obstante pude sentir su sonrisa divertida acompañada de una cabeza asintiendo.

Después de salir del consultorio me senté en una silla para esperar a mi madre. Me escondí tras las páginas del Discurso del Método, mientras pensaba lo mucho que influyen los estándares de roles de género. La mujer asume como verdadero las características que son marcadas por la sociedad: debe ser delgada para ser mujer; en cambio el hombre, tal como el enfermero me lo confesó, entre más feo y más panzón, más hombre. Tal vez no era tanta casualidad que estuviera leyendo a Descartes en ese momento.

Las voces de dos hombres conversando me sacaron de mi concentración.

“¿…entonces puras cocas-light?”, preguntó  el enfermero.

“Sí, yo no consumo de lo que engorde”.

Apariencias. Reí internamente. Presiones sociales.


Por: Dalia Gutiérrez

   

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