Un adiós que no duele | TRUTH México

Salí de la estación del metro Hospital un poco a prisa. No iba tarde a mi compromiso, pero la vida de Monterrey es tan acelerada, que te acostumbra a ir rápido aun cuando vas una hora temprano.

Seguía la fila de estudiantes de la zona médica, mi mirada estaba concentrada en el camino que tenía enfrente, pero él me hizo voltear.  

Calculé cinco años. Sentadito en el piso sobre una manta roja. Moreno, cabello corto y de color negro grisáceo a causa, imagino, de los días que llevaba sin asearse. Su madre, envuelta con frazada y con el bote en sus manos, al igual que todas las mujeres que encuentras pidiendo dinero en las calles.

No suelo dar dinero. En realidad creo que nunca lo he hecho; y ese día no fue la excepción. Pasé sin detenerme, pero mi mente absorbió la imagen y no la pudo soltar.

Es horrible tener hambre. Me pongo nerviosa e irritable cuando no he comido, pero hablo de cuando pasan unas cinco horas sin alimentarme.

Debe ser una tortura para una madre ver a su hijo pasar hambre y no poder hacer nada al respecto. Tal como suelen decir:

“¡uno qué!, te aguantas; pero los niños…”

En México, 9,197 niños menores de 10 años murieron por desnutrición entre el 2001 y 2010.

Además, en este país desperdiciamos una gran cantidad de comida. Me doy cuenta por causa de mis propias acciones y por lo que observo a mi alrededor. En cifras: 27 mil toneladas de alimento diario.

En febrero Francia prohibió a los supermercados el desperdicio de comida. Aquí, las políticas indican que es mejor tirar a la basura que regalar un tomate aguado a quién se está retorciendo de hambre.

Tal como lo había decidido, entré al OXXO cuando regresaba de mi compromiso. No sé cuanto tiempo llevaba sin comer ese niño. Sabía que mi acción no lo salvaría de la hambruna, pero mi mente no dejó de pensar en alimentarlo. Al menos una vez

Fue un tanto complicado; a criterio de mis amigos, suelo ser muy saludable en mi alimentación. Una parte de mi quería comprar fruta, pero no estaba segura que el niño la comería.

Mexicanos no tenemos ese hábito. Es ilógico, pero aquí, más del 70% de la población tiene sobrepeso u obesidad. Va llegar un día en que los mexicanos morirán o por hambre o por obesidad.

Comprar galletas era más seguro, aunque no sano. Me tomó tiempo decidirlo, pero al final opté por las unas, al parecer, no tan artificiales.

Me preguntaba si seguiría sentadito, sobre su manta roja.

Sí, seguía ahí, con un lonche de jamón en sus manos.

Me acerqué, me agaché y le pregunté a su madre (quien seguía sujetando firmemente el bote) si le podía dejar el paquete de galletas. Me sonrió y agradeció con la cabeza.

El niño no me prestó atención, estaba concentrado en su lonche. Dejé el paquete en el suelo, me levante y caminé.

Tres segundos después escuché “¡Adióooooooooooooooooos!”

Giré la cabeza y era él, sonriendo y meneando su manita, con el jamón colgando de su boca.

Le dije adiós y seguí caminando. Pero él seguía gritando, y yo deseando que no se atragantara.

“¡Adióooooooooooos!”

Fue la primera vez que un adiós se escuchó tan bonito, y la primera vez que no me dio coraje darle mi dinero a un OXXO.


Por: Dalia Gutiérrez

   

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